Press "Enter" to skip to content

La nueva “A” normalidad


Más columnas de este autor

Aunque parezca mentira, ya han pasado dos meses desde que los que se supone capacitados para gobernarnos, tomaron la decisión de encerrarnos en casa porque lo que era una simple gripe con una incidencia menor, se convirtió nada menos que en una pandemia. No en una epidemia. Se pasó de una simple gripe a una pandemia.

A partir de ese momento, usando un vocabulario belicista, se han sucedido interminables y aburridas apariciones caracterizadas por su escasa claridad y donde se aplicó en su máxima expresión la ya famosa teoría política del “Management by confusion” o del “sí, pero no”. Sin olvidar los posteriores “donde digo digo, digo Diego” provocados por opiniones de otros dirigentes políticos, consejos asesores, responsables de comunicación…. Realmente Orwelliano, porque siendo contradictorias muchas posiciones, pretenden dar por buenas todas ellas, justificándose habitualmente argumentando que “el virus es imprevisible y nos hace ir adecuando las decisiones a su evolución”.

Y en esas ya más de ocho semanas, tenemos la sensación, o al menos yo la tengo, de que estamos exactamente donde estábamos, con un dato demoledor de víctimas, de desamparo de nuestra población mayor en residencias, de personal sanitario sin la protección necesaria, de material médico que se extravía, que no es el adecuado, que no se distribuye, con un tejido económico y empresarial que se va desangrando cada día que pasa y que es más complicado que pueda recuperarse. Todo ello con una agravante: pretenden que con todo lo anterior nos creamos que se está haciendo una adecuada gestión de la crisis, poniendo encima de la mesa una serie de mensajes, datos, referencias que, como todo en la vida, son fáciles de interpretar en uno u otro sentido a conveniencia de cada interesado.

Solo a base de verse presionados y tras errores flagrantes, he podido leer o escuchar a los mencionados dirigentes, del lado que sean, admitir con la boca pequeña que “quizás se hayan confundido en alguna ocasión”. ¡Que soberbia!

No. Ni unos ni otros nos van a “hacer comulgar con ruedas de molino”, aunque lo intenten. Ante un problema grave y complejo, como el que nos ocupa, se puede actuar de muchas maneras e incluso equivocarse, pero lo mínimo que tienen que hacer estos políticos mediocres que nos gobierna son dos cosas: la primera es no engañar ( o tratar de engañarnos) y usar mensajes claros y contundentes que transmitan seguridad y la segunda es que, si apelan a nuestra responsabilidad, que no nos traten como a niños y nos hablen con ese tono entre lastimero y embaucador, porque podía “colar” al principio del confinamiento, pero después de ocho semanas, se han quedado sin crédito. Hay que cambiar el fondo y la forma.

Lo único que hemos aprendido en este tiempo son nuevas expresiones o palabras que repiten y repiten hasta la saciedad, como si con ellas pretendieran mostrar su sabiduría; pandemia, aplanar la curva, cogobernanza, desescalada…, pero la mejor de todas es la de “la nueva normalidad”.

Sin duda que es la que más impacto me ha causado y es la que menos estoy dispuesto a interiorizar. No quiero que esa “anormalidad”, no normalidad, a la que se refieren, sea la que guíe mi vida, principalmente cuando la misma supone un sinfín de recomendaciones, reglas, prohibiciones que tampoco me dan la seguridad de que, cumpliéndolas, vayamos en la dirección adecuada.

Me gustaría que fueran valientes y decididos, sin caer en la insensatez por supuesto, y que se usara la expresión “vuelta a la normalidad”, con una serie de recomendaciones, que no “nueva normalidad” adornada con términos que implican miedo, temor, desconfianza e incluso histeria. ¿Qué se pretende conseguir? ¿Un miedo colectivo que puede llevar aparejado hasta problemas de desobediencia ciudadana y de orden público? Si se sigue en esa línea, podemos estar cerca porque ya estamos cansados de mezquindades y “medias verdades”, por usar una expresión eufemística. Y un punto adicional a considerar; hasta ahora apenas he hablado de las trágicas consecuencias económicas que ya en apenas dos meses ha provocado el virus y que se multiplicarán exponencialmente cada semana que pase mientras no se “abra” el país.

No podemos obviar una realidad, algunas de las claves para que se reactive la economía es permitir que también el aparato productivo del país: autónomos, pequeñas y medianas empresas, corporaciones y la gente en general con su movimiento-consumo, son los que van a favorecer las inversiones de las que se habla para gastos sanitarios, reducir la brecha social, innovación… No pensemos que esto solo lo soluciona la Unión Europea con fondos, subvenciones, préstamos que, al menos en una buena parte habrá que devolver, si llegan, y que se van a tener que destinar a cosas muy concretas y no a todo lo que nos gustaría. No quiero ni pensar en que, por nuestra “inacción”, el país sea rescatado como lo fue Grecia y Portugal en la crisis anterior.

Al haber vivido en Latinoamérica durante bastantes años, he seguido con atención cómo afrontaban la epidemia en diferentes países y, más allá del espectáculo dantesco de algunos dirigentes políticos en aquella parte del mundo, hay un común denominador en todos los países: a la crisis sanitaria y económica por todos sabida, se une la crisis social. Crisis social provocada por el hecho de que una muy buena parte de la población “vive al día” y cuando me refiero “al día”, significa que si no producen, venden… un día, ese día o el siguiente no comen. No es una exageración. Es tal cual lo estoy diciendo y eso hace que el confinamiento en muchas zonas del continente sea una “mala” solución.

Dicha crisis social nos puede sonar muy lejana y poco extrapolable a nuestro país, pero creo que todos hemos visto ya las colas en comedores sociales, en organizaciones que hacen entregas de alimentos a familias cuyos ingresos han desaparecido de un día para otro… y esto no ha hecho más que empezar.

La renta mínima vital no dudo que sea necesaria para ciertos sectores poblaciones, pero lo que hay que hacer es acabar inmediatamente con tanta restricción, prohibición y limitación a la actividad empresarial y social. Mucho peor que un virus es el desempleo, el hambre y la absoluta depresión en la que podemos caer, si la “normalidad” no se impone inmediatamente. Y esto no es incompatible con seguir, esperemos que con resultados más eficaces, con acciones encaminadas a controlar y rastrear a personas contagiadas e infectadas, buscar medicamentos adecuados para la infección y la vacuna, que no existirá hasta dentro de unos cuantos meses más, por mucho aluvión de noticias al respecto que aparecen todos los días.

No es una cosa o la otra. Es avanzar en paralelo en la búsqueda de soluciones por un lado y en permitir que todos los ciudadanos podamos contribuir con nuestros movimientos diarios “responsables” a volver a poner en marcha la rueda de nuestra vida habitual: es decir, nuestra NORMALIDAD y no esta absurda “anormalidad” a la que pretenden que nos habituemos. Sin movimiento, no hay normalidad.

Pues lo siento, pero creo que somos muchos los que no vamos a aceptar ese nuevo estado que nos martillean día sí y día también y menos en una sociedad democrática y con una serie de principios y derechos consagrados en nuestra Carta Magna.

La capacidad de los políticos en la gestión y en implementar acciones eficaces no puede llevarnos a que tengamos que admitir que nada va a ser como antes, con las mejoras que sean necesarias para ello por supuesto.

Así que os pido que no volvamos a usar ese pésimo oxímoron o “contraditio in terminis” de “nueva normalidad” y que hablemos simplemente de “normalidad” y…. que sea no cuanto antes, sino ¡ya!

Más columnas de este autor

Registrándose puede personalizar sus contenidos, administrar sus temas de interés, programar sus notificaciones y acceder a la portada en la versión digital.

GUARDAR

Be First to Comment

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *