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Columna: Liderazgo más allá de los políticos – Más Opinión – Opinión


En una reciente columna en EL TIEMPO (22 de mayo), titulada ‘¿En dónde están los dirigentes?’, el exministro de Minas y Energía Carlos Caballero Argáez manifiesta su preocupación por la ausencia de liderazgo político para enfrentar la difícil coyuntura en la que nos encontramos por la pandemia del coronavirus.

Si bien reconoce que el manejo inmediato, prudente y juicioso del Gobierno actual frente a la crisis ha sido acertado, no ve con claridad propuestas a largo plazo para redefinir lo que él mismo llama el nuevo contrato social que vamos a requerir (relación Estado-ciudadanos) y que se tendrá que establecer con el rediseño de una nueva economía. Cita en su artículo a otro exministro, Juan Carlos Echeverry, quien manifiesta que “el covid-19 y la crisis económica son un problema demasiado grave para dejárselo a los economistas y epidemiólogos”. Y por ello clama por un nuevo liderazgo para enfrentar esta situación sin precedentes.

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No soy ni economista, ni epidemiólogo ni político, sino un simple artista/educador. Considero, sí, que tanto el arte como la educación tienen una incidencia vital en el acontecer político de una sociedad, y es por ello que me sorprende (y me enerva) que no se mencione para nada en este texto –ni en muchos otros que he leído sobre el mismo tema– la importante contribución que los intelectuales, pensadores, filósofos, sociólogos, humanistas y creadores podemos hacer (y estamos haciendo) en estos momentos de zozobra, no solo económica y política, sino, ¡sobre todo!, espiritual y existencial.

Son los políticos y los economistas tradicionales los que nos han llevado al grado de indefensión y vulnerabilidad extremas en que nos encontramos: las profundas desigualdades y patologías sociales y medioambientales, que hoy vemos evidenciadas en toda su crudeza y dramatismo, se las debemos a la política tradicional, al criminal desmonte del Estado social de derecho y a las inhumanas concepciones neoliberales de un capitalismo salvaje y despiadado en el que han primado la productividad y la rentabilidad económica por encima de la rentabilidad social.

Este nuevo contrato –para una humanidad aterrada, enferma y muy vulnerable– debe ser concebido, diseñado y redactado por un consenso de pensadores/educadores/creadores y líderes que contemplen la complejidad y multidimensionalidad de la existencia humana: un diálogo que enfrente con valentía, realismo y, a la vez, con mucha imaginación esta crisis civilizatoria, para que lo político, lo económico y lo social estén al servicio de las mujeres y los hombres, en armonía también con el planeta que nos alberga.

Son los políticos y los economistas tradicionales los que nos han llevado al grado de indefensión y vulnerabilidad extremas en que nos encontramos

‘Castagena’ de India

Son tan descomunales los retos y tan profundas las brechas, las grietas (Doris Salcedo), ¡los abismos! sociales y económicos que nos separan a los seres humanos, que la tarea parece a veces irrealizable. En estos días de pandemia/Netflix estoy siguiendo, conmovido, la serie documental Daughters of Destiny (Hijas del destino), sobre un internado en Bangalore para niñas y niños de la casta de los intocables de la India.

Se les ofrece una oportunidad de educación (a mi juicio, demasiado tradicional) y de manutención a estos jóvenes preciosos, llenos de luz y de talento, provenientes de la clase social más baja y marginal de este gigantesco, contradictorio y sobrepoblado país, en el que tradiciones caducas e inauditas –de lesa humanidad–, como el sistema milenario de las castas, conviven con las últimas tecnologías de la informática.

Además (Expresiones culturales en tiempos de confinamiento)

Me ha hecho pensar este documental en el sistema de castas colombiano, más exactamente el cartagenero, que es donde vivo, donde los intocables con quienes trabajamos (con el apoyo de la Fundación Enel) son niños afromestizos de una localidad llamada Arroz Barato (el nombre del barrio lo dice todo).

La exrectora de la Institución Educativa San Francisco de Asís de esta localidad en la zona industrial, una monja (de cuyo nombre no quiero acordarme), nos dijo un día: “Ese trabajo que ustedes hacen con El Colegio del Cuerpo no les sirve de nada a nuestros niños: primero, porque los distrae de sus actividades presacramentales y, segundo, porque les crea falsas expectativas de que un día podrán ser artistas: ellos ya están predestinados para trabajar en las fábricas de la zona”. Sí, ‘hijos del destino’, hermana, herederos de un contrato social infame al que los condenan una política, una economía (y una educación) sin alma.

ÁLVARO RESTREPO
COREÓGRAFO

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